| El panadero Oostwaert y su esposa, de Jan Steen |
PANADERA DE PANES Y DE AMORES
Cuando leí el poema una ola de fuego recorrió mi cuerpo con la fuerza de una marea desbordante. Tenía entre las manos la segunda Elegía en memoria de mi novio muerto, pero yo sospechaba que cada palabra escrita guardaba un significado oculto, que cada verso era una saeta disparada al centro de mi alma. Miguel siempre me distinguió con su atenta mirada, con su seductora cercanía… incluso llegué a pensar que un hilo invisible de creciente afinidad nos enlazaba. Otras veces sentía que estaba confundida, que eran tan solo las figuraciones inconfesables de una humilde panadera. Luego se marchó, según dijo, a perseguir sus sueños… quizá huía de mí y de una traición que presentía inevitable. Para el velatorio de Pepito me puse el vestido nuevo. Quería sentirme hermosa, quería decirle al Poeta, allá donde estuviera: “Vuelve, Miguel, aún tenemos tiempo, vamos a celebrar nuestros dolores junto al árbol del campo que te digo.
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