| "Lluvia en panadería de Paris", de Renargh |
MEMORIA DE LLUVIAS
“Se oyen llover las gotas como si cayeran sobre algo deshecho.”
JUAN RULFO, Pedro Páramo.
El cielo se encapota y mis manos sudan obedeciendo a una antigua profecía. No temo al trueno, sino al presagio que la tierra mojada anuncia, fiable como un ritual. Comprendí temprano que la lluvia es un antojo macabro del destino. La primera revelación fue un asfalto brillante: un frenazo inútil, un cuerpo anónimo suspendido en el aire, y luego un silencio más vasto que el aguacero. Yo tenía seis años y ya era culpable de recordar la visión.
Tiempo después, paladeando un bizcocho de la panadera presencié bajo una cortina gris de lluvia, cómo el Rubio fue corneado mortalmente en el encierro del pueblo.
Y hace unos días, cuando las nubes se disolvieron sobre la acera, una mujer cayó; su corazón se detuvo al ritmo inaugural de las gotas.
La lluvia no purifica: repite. Cada tarde plomiza es el mismo día. Por eso, cuando el sol abdica, tiemblo, sabiendo que el pasado vuelve.
